Teruel existe sí pero sobre todo Teruel, es.

Hay muchas tierras como Teruel, hay muchos de sus productos repartidos por España, hay muchos de sus atardeceres similares en otras provincias pero lo que no hay, lo que no se repite es lo que envuelve a ese paisaje, lo que completa su entorno, quien pone voz a su historia: los turolenses.

Teruel es Matarraña y es verde, es lo que rodea a la casa de Javi Solfa y eli que la hicieron nuestra, ellos dieron el primer empujón a la visita por Teruel, nos hicieron creeer que Teruel de verdad existe y lo hicieron con el mismo ímpetu que el agua del río Matarraña rodea sus vidas.

Si algo define ese paisaje, esa comarca, es el arraigo y a pertenencia de sus gentes a ese Teruel verde, un paisaje escrito y descrito. Porque allí encontramos en la librería de Octavio la mejor bibliografía sobre esta tierra.

Teruel es gris, el gris de la cuenca minera. Podemos decir que hemos sentido Teruel desde dentro, a doscientos metros bajo tierra en una mina de carbón donde nos recrearon una profesión denostada y olvidada quizás por la oscuridad en la que te sumergen sus paredes. Pero por allí estaban Daniel y Rosa que nos iluminaron las estancia y nos transportaron al verdadero significado de lo que es “mancharse las manos”.

Teruel es marrón y vainilla, el de Gudar-Javalambre, el de las fachadas de la más de treinta monumentos que albergan los pueblos de Rubielos y Mora de Rubielos.  Pero fue Manolo quién nos hizo una visita guiada de sus calles a través de lo que las paredes de su casa conservan y que plasmó perfectamente a través de la gastronomía. Así como Antonio, emprendedor turolense alrededor de uno de sus productos clave: el jamón. Trasladar a Manolo y a Antonio una idea era obtener un resultado y por supuesto una ilusión. Seguíamos sintiendo Teruel.

Teruel es negra, pero un negro altamente cotizado, el de la trufa, a la que se denomina “diamante negro” y que también nace bajo las tierras turolensas. Jorge Alcón nos acercó a ella, tanto en su estado natural como derivados.

Teruel es color teja, visto desde arriba y por todos sus costados si la mirada se enclava en el marco de la ciudad de Albarracín. Y Albarracín es historia, una historia que nos la enseñaron Antonio y Begoña desde la Fundación Santa María. Rascando las paredes encontramos al Sr. Obispo digno protagonista de una novela de Ana de Mendoza.

Pero no es lo que ves, sino lo que vives y Albarracín pasó de ser teja a ser mostaza en casi dos horas de paseo por sus cantones solitarios pero acogedores. En una noche fría y con la mejor compañía, el silencio que contaba la historia de sus calles según íbamos pasando.

Teruel es ocre, el Teruel de la Sierra de Albarracín. Si en la ciudad de la comarca te empapas de historia en su sierra te emborrachas de naturaleza y tradiciones. La Sierra de Albarracín  no tiene ríos de aguas transparentes, tiene ríos llenos de colores reflejo de su alrededor.

Y Allí en un pueblito de la sierra esta Humi, trashumante, decidida y con coraje. Humi no nos habló de trashumancia, Humi nos habló de su vida , nos hizo acompañarle de Guadalaviar a Jaén, con sus ovejas y también con su familia. Ella tiene el privilegio de tener un museo de su vida.

Pero Teruel también es blanco, como las calles de Híjar, un pueblo con sabor a tres culturas: la cristiana, la judía y la musulmana. Hijar es como dijo Pasteaur: “Aquel lugar en el que sorprendernos es el primer paso de la mente hacia el descubrimiento”. Híjar no solo despierta el interés por la historia y la diversidad de la cultura, despierta también el único sentido que hasta ahora había quedado dormido: el que traduce el sonido del tambor.

Aquí, al final de la ruta no nos sentíamos cansados, pese a los más de mil kilómetros recorridos porque aquí encontramos a Paco y dentro de su bar nos llenamos de su fuerza y nos animó a seguir escuchando, a seguir conversando y seguir descubriendo algo que existe… Teruel.

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