No culpes al mar de tu segundo naufragio

 

“No hay ningún viento favorable para el que no sabe a qué puerto se dirige”

emprendedores-naufragio

He vivido toda la vida junto al mar, es el elemento de la naturaleza que más me gusta porque su vista no te limita, el horizonte es plano y esa vista te hace pensar que siempre hay un más allá que tus ojos no ven pero al que puedes llegar navegando o a nado. Así que hace muchos años, después de sacarme todas las titulaciones necesarias, decidí construirme un barco, uno pequeño, de pocos metros de eslora y sin grandes pretensiones. Construirlo no fue fácil pero con ayudas lo que parecía que iba a quedarse en un simple bote, se convirtió en un barco. Con él navegué unos años, de forma tranquila, divertida, en aguas en calma y siempre cerca de un banco de peces que si no me alimentaban lo suficiente, sí me permitían sobrevivir. En el puerto dejaba alguien que continuamente confiaba en mis posibilidades y que no me perdía nunca de vista con su catalejo y éso me ayudaba a bregar todos los días sin reparar en el esfuerzo.

Cuando me estaba planteando hacerme un barco más grande para poder pescar peces más gordos, a las 4 de la mañana de un 28 de diciembre de 2001 me embistió un barco de gran tonelaje, un buque de la marina mercante lleno de trabajadores a bordo, mi barco quedó destrozado, en pocos días hizo aguas y se perdió en ese horizonte al que tanto tiempo yo había mirado. Me encontraba desubicada, yo solo sabía pescar y de la noche a la mañana estaba en una cubierta llena de aparejos y contenedores con tareas que desconocía por completo.  Pero lo peor no fue la embestida ni el abordaje ni las nuevas tareas a bordo sino que me habían perdido de vista y ya no se divisaba puerto.

Fue una travesía muy larga con actitud de resignación, en aguas de gran oleaje y mar siempre rizada. Poco a poco fui haciéndome con la confianza de la tripulación y hasta hubo ratos buenos pero sabía que esa confianza se la tenía que transmitir a ellos y yo abandonar el barco porque seguía soñando con mi velero. Durante esos años las pocas noticias que me llegaban de tierra estaban carentes de apoyos, unos me decían que me tirara al agua en un bote  y otros que la próxima vez que avistara tierra, quemara el barco y nadara rápido. Todos te decían lo que tenías que hacer pero pocos, muy pocos se acercaban con sus barcos flamantes por lo menos a atisbar a babor o a estribor lo que estaba pasando. Y sí, cansada de las rebeliones dentro del barco, de los piratas que nos iban robando y de las averías cada vez más costosas del buque, me tiré al agua, sin bote salvavidas y con un pequeño flotador que no evitó que tragara tanta agua que casi me ahogo.

Durante esos años en el buque, casi a escondidas fui dibujando planos, haciendo acopio de materiales que pudieran servirme y reconstruyendo mentalmente aquel pequeño primer barco que había sido mi sueño. Ya en tierra fui comprando poco a poco materiales que cada vez eran mejores, lo que me permitió junto a la experiencia en alta mar, construirme un barco no más grande pero sí más resistente. Tenía lo necesario, lo boté en aguas azules y tranquilas de nuevo, no me centré en el primer banco de peces que encontré y fui pescando en muchos y pequeños. Al cabo de un tiempo mi barco navegaba ya solo y cuando me acercaba a tierra descargaba no solo mis redes llenas sino que quién hacía unos años me miraba con tiento, ahora querían acompañarme en mis paseos por el puerto. Y aunque todo parecía ir bien y mi barco era similar al primero, había algo muy diferente y que no me dejaba navegar en paz, ya no tenía a nadie que me vigilara desde el puerto y me diera consejos por radio, sino que era yo quién me tenía que guiar por la luz de un grande y voluminoso faro, una luz compartida por todos los navíos.

Durante un tiempo seguí navegando, pescando, unas veces sola otras acompañada pero nunca sin dejar de mirar al horizonte. Lo que en un principio me parecía mágico, el silencio, empezaba a resultar tedioso y lo mismo ocurría cada vez que la red salía del agua con peces nuevos, siempre eran los mismos. En una de esas travesías eché el ancla junto a un barco diferente, no era ni más nuevo ni más grande ni más pequeño pero se deslizaba por el agua con un sonido nuevo. Yo quería ese sonido y a pesar de lo invertido en mi velero, cuando los dos acabamos nuestras andaduras en diferentes mares,con la experiencia a cuestas, empezamos juntos a construir con mucha ilusión un barco nuevo.  La quilla era resistente, las cuadernas las rescatamos de nuestros barcos, otros aportaron algunas nuevas y lo realmente importante para nosotros: cuando echamos el barco a la mar, se oía ese sonido y el horizonte no quedaba tan lejos. Él me bajó del mástil cuando para mi era algo vertiginoso y me ayudó a izar velas y cuando fue necesario, a remar mar adentro. Pero no nos quedamos ahí, decidimos ser red y sumergirnos dentro, un neopreno, una botella, las aletas y un chaleco y mientras en el regulador marcara que quedaba aire, pese a las interpretaciones de locura de los demás, seguiríamos explorando el mar por dentro.

El viento ha sido favorable, la mar para bucear era buena, hemos hecho una gran travesía, satisfactoria aunque no rentable pero había que probar si el barco resistía y era capaz de llevar a bordo dos patrones con carácter y uno, en mi caso que estaba ya muy débil. Muchos celebraron el bautizo de aquel barco pero una vez más había quien oteaba esperando que colisionáramos con la primera roca o que de tantas millas hechas buscando clases de peces nuevos, nuestra brújula hubiera perdido el norte, pese a todo, seguimos. Lo que no ha habido nunca es una ‘borrachera de las profundidades’,muy habitual cuando sales del astillero,  aún buceando casi sin oxigeno, siempre hemos sabido dónde estaba la superficie y el fondo. Sea lo que sea, lo que sí sé es que yo nunca he dejado de mirar a puerto esperando que la luz del faro se hubiera convertido otra vez en aquella persona con un catalejo que confiara más en mis posibilidades que en cualquier barco o puerto nuevo y éso me ha impedido muchas veces arriar las velas y aprovechar el favorable viento de popa.

El mar es un viejo libro lleno de historias y también de leyendas, de barcos naufragados y de embarcaciones que embisten cualquier ola. El mar mientras lo surcas intentando alcanzar ese horizonte te va enseñando y te va curtiendo. A veces es tanto el daño que ha hecho la sal del mar que navegar cada vez es mayor esfuerzo o puede que también sean los años. Lo que es cierto es que te enseña que nadie puede navegar solo en un mar de tempestades, puedes tener el coraje, la fuerza o la carencia de miedo pero somos humanos y la voluntad por muy fuerte que seas, a veces falla, simplemente porque llegan malas noticias del puerto.

Lo único que sé es que yo no he superado la falta de ese alguien que te echaba un cabo y te sujetaba con fuerza en silencio para seguir bregando en el barco. De ese alguien aprendí que no importa las millas recorridas o si eres el primero, sino como tomas el timón cada mañana. El futuro es incierto y quizás me toque pasar de ser patrón y probar a ser marinero o quizás me quede en tierra aprendiendo a valorar más a aquellos que siempre he tenido lejos. Sea como sea, en ese momento aunque nunca olvide, seguro que habré aprendido a echar de más y no de menos.

 

 

 

 

Comments 8

  1. Gracias Ana por dejarme navegar contigo en algunas travesías, al final nos alejamos y nos acercamos en ese mar pero siempre que coincidimos en algún puerto sabemos que hay un amigo/a dispuesto a tomar una cerveza mientras miramos al horizonte y nos contamos nuevas aventuras. Eso sí, el Norte no está donde dice la brújula que tenemos en la mano, sino donde nosotros queremos ponerlo en nuestra brújula interior. Un hermoso relato, el arte hace de las experiencias más duras las más bellas obras. Un abrazo.

  2. no sabes como te entiendo…

    ánimo patrona!

    yo decidí navegar con otros barquitos alrededor, para cubrirnos las espaldas unos a otros, y poder compartir redes… 🙂

    1. Hola! Éso hice yo con Luis y dejé de remar sola. Y aquí está este barco de Emoción7 para compartir travesia. Nos gustan los barcos buenos, nonlos piratas 😉
      Un abrazo y gracias Txurdi!

  3. Precioso relato (Qué se puede esperar de una persona nacida un 1 de Julio… :P). Como dice Gersón, siempre hay puertos para tomar unas cañas mirando al mar. El de Alicante es muy bonito, cuando atraques por aquí, avisa que hay marineros 🙂 Un abrazo!

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